martes, diciembre 20, 2005

De Madrid al Cielo pasando por La Habana

El final de un viaje...

El viaje a Madrid era largo, pero por suerte volábamos de noche y podríamos dormir. Habían sido diez días intensos, no sólo por el trajín de ir de un sitio a otro, sino también por las sensaciones, muchas de ellas contradictorias.

Ahora ya sólo queda el recuerdo y si es cierto el dicho de los cubanos que "De Madrid se va al cielo pasando por la Habana", espero volver algún día aunque deseo que para entonces la situación de Cuba haya cambiado y los cubanos sean los dueños de su propio destino.



Madrid, a 6 de diciembre de 2005.

La Habana Vieja

Domingo, 18 de septiembre de 2005. La Habana Vieja.

El día se antojaba de descanso y relajación. Aprovechamos para ir de compras, pasear por aquellos lugares que no habíamos tenido la oportunidad de hacerlo en los días previos, comer en un paladar, tomar nuestros últimos mojitos, y un sinfín de actividades placenteras que iban a poner el broche de oro a un viaje entrañable e irrepetible.

Después de tomarnos un buen desayuno en el restaurante del hotel, situado en el hall, nos subimos a la terraza de la última planta a disfrutar de las maravillosas vistas que se podían disfrutar desde allí. Hacía un día soleado y estábamos solas. Las panorámicas de la Habana Vieja son siempre turbadoras porque, si bien, estéticamente son únicas, con múltiples matices y colorido, la decadencia de algunos de sus edificios, su deterioro llevado a veces al extremo del derrumbe, impacta sobremanera. Pasamos un largo rato en la terraza y como disponía de mesas y butacones, aproveché para escribir la pila de postales que quería enviar a mi familia y amigos. No podía haber elegido un marco mejor para aquella tarea.

La salida al exterior se nos hacía difícil y nos preguntábamos cómo se nos iba a dar el día, si íbamos a ser acosadas insistentemente por todos los habaneros con quienes nos cruzásemos en nuestro camino. Sin embargo, y para nuestra sorpresa, no fue así y nadie nos molestó. Descubrimos que el domingo es un día de fiesta para los cubanos y que lo dedican a descansar y a disfrutar de la familia: pasean por el Malecón, toman helados y se divierten. A nosotras nos encantó la idea de poder pasear por las calles de la Habana Vieja, con tranquilidad.

Lo primero que hicimos fue acercarnos al mercadillo, pero tuvimos la mala suerte de que en domingo no se ponía, así que tuvimos que hacer las últimas compras en las pequeñas tiendas que encontrábamos a nuestro paso. Hay muchas cosas artesanales y originales que se pueden comprar a buen precio. Peña compró un cuadro pintado al óleo, muy bonito, que dibuja una imagen de la Habana Vieja con el Capitolio al fondo en colores azul Habana, blanco, rojo y algo de amarillo - creo recordar - por un cubano vacilón que decía ser amigo de Dinio (luego lo desmintió). El cuadro tendría su segunda parte de protagonismo.
Una vez finalizadas las compras nos tomamos un mojito en la Bodeguita del Medio que, afortunadamente, estaba bastante más vacía que en otras ocasiones, y nos pudimos sentar a refrescarnos un poco del calor sofocante que hacía en el exterior. Y de aquí, nos fuimos a comer al Tejadillo, un paladar que varios amigos nos habían recomendado. La comida fue de las mejores que hicimos en nuestro periplo por Cuba: de calidad, precio y ambiente del lugar.

Los dos últimos objetivos a cumplir eran pasear por el Malecón y tomarnos un helado en el Copelia. No podíamos demorarnos demasiado porque a eso de las diez venían a buscarnos al hotel para llevarnos al aeropuerto. La tarde era muy apacible y se prestaba al paseo. El Malecón estaba animado por gente joven y familias disfrutando de la tarde de domingo. Algunos, incluso, aprovechaban para darse un refrescante baño en el mar. Nos sentamos un rato, y dos músicos muy mayores se nos acercaron para tocarnos algo pero les dijimos que no y en cuanto se percataron de que éramos españolas, uno de ellos nos hizo miles de preguntas acerca de España. Resultaron ser muy simpáticos. Cuando se fueron empezaba a oscurecer y teníamos que ir al Copelia así que decidimos que, para no perder tiempo, podíamos tomar un taxi de ida a la heladería y vuelta al hotel a la hora convenida. Dicho y hecho. Tardamos un poco en encontrar el deseado taxi pero al fin dimos con uno. Como si de una película de Almodovar se tratase, la taxista que nos llevó al Copelia era un personaje único: negra, gorda, teñida de rubio, masticando chicle, con un tono de voz pausado y grave y con un acento, indiscutiblemente, cubano. Pactamos el precio y quedamos en que tardaríamos como unos veinte minutos en tomarnos el helado. La fila de cubanos, que hacían cola para tomar un helado, era larguísima cuando bajamos del taxi y por error nos unimos a ella. Rápidamente, dos guardias de seguridad nos enviaron para la zona de turistas. Nos sentamos a tomarnos el helado tranquilamente y cuando terminamos salimos a esperar el taxi. No llegaba y empezamos a inquietarnos. Pasados más de quince minutos vimos aparecer a nuestra taxista almodovareña que se echaba las manos a la cabeza, desesperada, en un teatrillo cómico, porque decía que nos llevaba esperando no sé el tiempo y no nos encontraba. Nosotras hicimos nuestra propia composición de lugar y pensamos que quizás hubiese aprovechado los veinte minutos de espera para hacer otra carrera con el taxi, pero quién sabe. Se puso un poco pesada con la recriminación y no le hicimos demasiado caso. De vuelta al Hotel Raquel nos comentó que había oído en las noticias que una tormenta tropical, Rita, amenazaba la isla. Nos preguntó que a qué hora salía nuestro avión y como quien no quiere la cosa, le quitó hierro al asunto con el ánimo de no preocuparnos, diciendo que los ciclones pasaban por debajo de los aviones. Peña y yo nos miramos con complicidad pensando que más valía que hubiera mantenido la boca cerrada.

Cuando llegamos al hotel nos pedimos la última copa y nos subimos a la terraza para tomárnosla con la intención de saborear aquellos momentos mágicos. La noche era profunda y ya sí que el viaje llegaba a su cenit. Preguntamos al camarero que nos subió las copas si era cierto lo del ciclón y, efectivamente, lo era. Nosotras, en principio, estábamos tranquilas pero pensábamos preocupadas en nuestros compañeros de viaje que se habían quedado en Varadero unos días. Con toda seguridad, Rita les iba a afectar. El camarero, subió al rato, para avisarnos de que el transfer estaba en camino. Bajamos a por nuestras maletas y una vez en el hall Peña recibió una llamada al teléfono de la recepción. Inmediatamente pensamos que otra vez la agencia nos llamaba para sorprendernos con alguna nueva pifia pero, afortunadamente, no fue así. La llamada era de Moisés que quería saber qué tal habíamos pasado el día en la Habana, como un buen padre protector, y desearnos un feliz viaje de regreso a Madrid. Peña le agradeció su amabilidad y le prometió escribirle en cuanto tuviera ocasión con el ánimo de no perder el contacto.

A la hora convenida llegó el transfer. Nosotras éramos las primeras en subir al minibus. Nos recogió un chofer de color, mayor, delgado y muy alto que resultó ser amabilísimo y encantador - la gente no dejaba de sorprendernos -. Se interesó por nuestro viaje en la isla y nos contó que él conocía España. Que había estado de vacaciones invitado por un amigo cubano. En su relato se apreciaba nostalgia y unos deseos expresos de regresar algún día a nuestro país, antes de morir. Dicho así parece algo exagerado pero no lo es. No lo es en absoluto, si pensamos que Cuba está aislada del mundo y sus ciudadanos no gozan de libertad para salir de allí.
Ya estábamos en el aeropuerto José Martí, de vuelta a Madrid. Pero antes había que cumplir con los requisitos obligatorios para salir de la isla. Además de facturar nuestros equipajes, pagamos un impuesto de veinte pesos cubanos y cambiamos el resto a euros. Cuando pasamos por el control de aduanas que, a diferencia de cuando llegamos, estaban vacías, Peña pasó por uno y yo por otro. Yo no tardé nada en hacer el trámite pero Peña sí y a mí me preocupó porque llevaba como equipaje de mano el cuadro que había comprado en las calles de la Habana Vieja y pensé que quizás le hubiesen puesto alguna pega, a saber... Esperé como unos diez minutos, que se me hicieron eternos. Era muy raro porque apenas había gente. No tenía por qué tardar en exceso. Al rato vi a Peña aparecer sonriente por la puerta del control de aduanas. Se había entretenido charlando con el funcionario que, debía estar aburrido, y se puso a hablar con ella: cosas de cubanos.

El Ché en Cuba

Sábado, 17 de septiembre de 2005. Trinidad, Santa Clara, Varadero y regreso a la Habana.

Nos levantamos antes de que saliera el sol con tres horas escasas de sueño. El mar se veía tranquilo, manso, con el sol despuntando en el horizonte y la playa vacía, alineada por palmeras, vigilada por algún guardia de seguridad del hotel. Aquella imagen me imprimía serenidad, sosiego, y quizás, algo de nostalgia, porque sabía que el viaje tocaba a su fin. Hay momentos en la vida que son únicos, irrepetibles, y aquél instante lo era: bello, intenso y fugaz.

Avisamos a Josefina y a Moisés y bajamos a desayunar. En el bufet nos encontramos con los taxistas que nos contaron su aventura de la noche anterior: ellos se fueron a tomar langosta con unos cubanos que les "asaltaron" en la playa, ofreciéndoles buen marisco y mejor cena en la casa de uno de ellos, en un pueblo cercano. Nos contaron que la comida había sido estupenda y que las cena les encantó, lo que nos alegró mucho porque nosotras no confiábamos en que no salieran escaldados de aquella experiencia.

Fuimos a recoger al resto de compañeros de viaje al hotel Brisas y emprendimos el viaje de vuelta a la Habana, al menos para Peña y para mí. Todos, excepto nosotras, se quedaban en Varadero a disfrutar de unos días de playa.

Nos esperaba un día entero de viaje porque Trinidad estaba bastante lejos de la Habana. No obstante, hicimos unas cuantas paradas en el trayecto. La primera de ellas en el Jardín Botánico de Cienfuegos. Dimos un paseo muy interesante entre gigantes árboles tropicales. La mayoría de ellos no eran autóctonos de Cuba, según nos explicó una guía del parque, que transmitía entusiasmo y pasión en lo que contaba (nada que ver con la guía del Museo Romántico del día anterior, y coleccionaba orquídeas, lo que a mí, personalmente, me llamó la atención). La naturaleza del Caribe es, sin duda, espectacular. Yo eché de menos, la verdad, no haber hecho una excursión adentrándonos en los bosques. Pero no se podían abarcar tantos deseos en diez días.

El siguiente destino fue la ciudad de Santa Clara, famosa por el mítico Ché Guevara. Allí se encuentran enterrados sus restos, junto con los de otros combatientes, en un mausoleo dedicado a su persona y a la lucha por la revolución. En Santa Clara, el Ché consiguió derrotar, a pesar de sus escasos recursos, a las fuerzas militares de Batista. Fue una gran victoria para la revolución. Todo gira en Santa Clara alrededor del Ché. La plaza donde se erige su monumento (para mí lo más bonito de la ciudad) es muy espaciosa y está llena de simbolismos. Santa Clara, aunque es una de las ciudades más importantes de Cuba no tiene mucho que ver y es más bien una ciudad fea. Paseamos por el centro y recorrimos algunas de sus calles, sin mucho interés turístico, antes de ir a comer.
El restaurante donde comimos estaba a las afueras y nos amenizaron la velada unos músicos jóvenes que se ofrecieron a cantar cualquier canción que les pidiésemos. Así que una de las argentinas pidió que cantasen la canción de "Yolanda" de Pablo Milanés, en honor a su hermana, por su cumpleaños. Más tarde Josefina se lanzó a cantar un bolero que, por lo visto, era una canción muy querida por ella y por su marido fallecido. Con mucha emoción nos la dedicó, a todos nosotros. Fue una comida muy entrañable.


Después de la comida volvimos al museo del Ché para verlo por dentro. En él se muestran objetos, fotos, y cartas del Ché de todas las etapas de su vida, en general, y de la batalla de Santa Clara, en particular. A mí me llamaron la atención, especialmente, sus cartas manuscritas. Cuando leía sus mensajes de lucha y defensa de los pobres contra los autoritarismos en América Latina, me daba cuenta del porqué del mito. Sé que el mundo en el que vivimos mitifica y ensalza, sin límites, y aunque desconozco la realidad del mito, me uno a su pensamiento de aquellas cartas, y seguramente, no a la totalidad de sus hechos. Cuando paseábamos por el museo me acerqué a una de las argentinas, por curiosidad, y le pregunté cuál era su opinión acerca del Ché. Ella me comentó que no le gustaba y me aportó la otra visión del ídolo que mató a personas inocentes por su causa y que fue cruel con su gente: las dos caras de una misma moneda. No soy quien para juzgar a nadie. Lo que es indudable es que Ernesto Ché Guevara es un Dios en Cuba.

Volvimos a subir a la guagua y directos nos fuimos para Varadero. El trayecto era bastante largo desde Santa Clara y el cansancio se hacía notar. En el viaje Enrique nos contó algunos de sus chistes y nos entretuvimos un buen rato porque la gente empezó a animarse y también se lanzaron a contar algún chistecito, Josefina y Gustavo. Pasamos por aldeas extremadamente pobres como las que hemos visto en cualquier reportaje televisivo sobre el Tercer Mundo. Peña y yo comentamos que habíamos hecho muy bien en haber elegido como inicio de nuestro viaje la playa de Cayo Coco, porque si después de ver tanta pobreza, el destino final hubiese sido Varadero no nos habría dejado el mismo sabor de boca. Joseba mismo lo comentaba y él, junto a su mujer Isabel, era uno de los que se quedaba en Varadero en un hotel con todo incluido por unos días antes de regresar a España: se sentía un privilegiado, incómodo, entre tanta miseria.

A mitad de camino entre Santa Clara y Varadero, Joseba se volvió a acercar a Gustavo en el bus para preguntarle por su opinión acerca de diferentes temas: la homosexualidad, la situación de la mujer, etc. Parecía que Joseba quisiese doctorarse en la realidad de Cuba (tomaba notas de sus conversaciones con la gente y escribía sus impresiones del viaje). Sin embargo, pienso que cometió el error de querer comprender una realidad que se le quedaba muy lejos, no sólo en la distancia, que es mucha, sino también en los hechos, que nada tienen que ver con nosotros. Para mí Joseba fue el filósofo del grupo, el ídolo intelectual pero, ahora reflexionando sobre el tema, descubro que es demasiado arriesgado opinar sobre lo que uno no ha vivido en sus propias carnes. La respuesta de Gustavo a la pregunta de Joseba sobre qué opinaba acerca de la homosexualidad nos dejó a todos atónitos, (excepto a los taxistas que eran bastante chapados a la antigua). Gustavo se mostró rotundamente contrario a la homosexualidad y no aprobaba, en absoluto, la decisión del gobierno español de permitir el matrimonio entre homosexuales. Sus opiniones al respecto eran tremendamente conservadoras, especialmente si tenemos en cuenta que estamos hablando de un hombre de cuarenta años. Todos nos mirábamos en el bus sin dar crédito a lo que estábamos escuchando. Sin embargo, era una opinión personal, que doy por hecho que no era la opinión generalizada de los cubanos.

Por fin llegábamos a Varadero. Fuimos dejando a todos nuestros compañeros de viaje en sus respectivos hoteles. Las despedidas fueron todas muy calurosas. Cada vez que llegábamos a un hotel, todos bajábamos a despedirnos del que se quedaba y nos deseábamos lo mejor para el resto del viaje y nos congratulábamos de haber pasado unos días maravillosos juntos. Fue una despedida cariñosa y llena de buenos sentimientos. Se notaba que lo habíamos pasado bien y que nos habíamos hermanado, al menos por un corto período de siete días, supongo que inolvidables para todos.

La última persona en despedir fue Josefina. Nos dio mucha pena decirle adiós porque, a pesar de ser muy diferente a nosotras, la habíamos tomado mucho cariño.

De nuevo en el bus - debían ser ya las once de la noche - volvimos a emprender el viaje a la Habana. Estábamos solos Moisés, Gustavo, Peña y yo. Peña se quedó en la cabina de la guagua, con Moisés, para darle conversación durante el viaje y a mí me dejaron a solas con Gustavo. Teniendo en cuenta la progresión degresiva que mi simpatía por Gustavo había experimentado a lo largo del circuito, no me hizo mucha gracia, en principio, quedarme dos horas dándole palique. Pero reconozco que hablamos de temas muy variados - entre otros, de cine - y no se me hizo excesivamente pesado el viaje.

Por fin llegamos a la Habana: destrozadas. Nos despedimos de Moisés y de Gustavo y nos dirigimos al Hotel Raquel a pasar la última noche de nuestro viaje. El circuito había llegado a su término.
El hotel Raquel estaba situado muy céntrico en la Habana Vieja, próximo a la Plaza Vieja y a la de San Francisco, y pertenecía, al igual que el O´Farril o el Telégrafo, a la cadena Habaguanex (hoteles con encanto). Era un hotel precioso y elegante, cubierto por un techo de cristalera, con colores muy vivos, en forma de bóveda de medio cañón, que dejaba traspasar la luz intensa de los rayos de sol del Caribe. Nos dieron una habitación magnífica en la primera planta: una suite junior. Fue una lástima que la mejor habitación del viaje la tuviésemos, precisamente, la última noche, que estábamos reventadas, y que no íbamos a poder disfrutar apenas puesto que a las doce del domingo la teníamos que dejar libre. La habitación hacía chaflán y estaba rodeada de numerosos balcones con vistas al paisaje único de la Habana Vieja

Trinidad y un daiquiri

Viernes, 16 de septiembre de 2005. Trinidad.


Trinidad representaba para Peña y para mí uno de los destinos más interesantes del viaje y, sin embargo, he de reconocer que a ambas nos defraudó un poco. Habíamos leído que era una ciudad colonial, muy bien conservada, con calles empedradas y casas señoriales. Y, si bien, es cierto que la descripción de los libros no es inexacta está muy lejos de ser lo que uno imagina. Se puede apreciar, ligeramente, el paso de una época de esplendor. Como ya pudimos comprobar en el resto de la isla, también en Trinidad era necesaria una restauración urgente del patrimonio histórico.

El día amaneció muy soleado y hacía calor. Los lugareños nos agobiaron muchísimo, pidiéndonos cosas constantemente. No olvidaré jamás una escena que tengo grabada en la retina: unas mujeres y sus niños intentando subirse a la guagua para que Paula les diese lo poco que le quedaba ya para regalar.


Por la mañana subimos, en primer lugar, a un mirador fuera de la ciudad desde donde se divisaba el Valle de los Ingenios, un valle verde intenso sembrado, entre otros productos, de caña de azúcar, y arado por animales como se hacía en España hace más de cuarenta años. Estuvimos como una hora allí disfrutando del paisaje y de la brisa. Después bajamos a Trinidad a hacer turismo.

Fuimos al Museo Romántico que es lo más destacable de la ciudad junto con la iglesia y su campanario. En el museo - antiguo palacio Brunet, propiedad de un hacendado español del siglo XVIII, convertida en museo en la actualidad- tuvimos una guía, de color, que se conocía el recorrido más que de memoria: los detalles del mobiliario, las fechas de cada cosa, los nombres de interés, etc. La visita fue interesante pero la guía no le ponía, ni ganas, ni entusiasmo, a lo que contaba y su explicación resultaba monótona.

Llamaba muchísimo la atención todo el mobiliario, hecho a mano con maderas nobles, traído por mar desde la lejana Europa. Pone los pelos de punta sólo de pensarlo. Había cristalería de bohemia, mármol de carrara, y objetos valiosísimos: piezas únicas de la época colonial. La casa tenía unas bonitas vistas al mar y en su interior, el calor era menos sofocante que en el exterior. Desde uno de los balcones se podía ver los estragos que el ciclón Denis había dejado a su paso en el reciente mes de julio. Los penachos de las palmeras se veían caídos y aunque ya habían pasado casi dos meses del desastre, aún quedaban restos de la devastación.

Cuando terminamos de ver el Museo Romántico, nos fuimos a ver la Iglesia. Hicimos un recorrido por su interior, guiados por el párroco, pero no tenía, en mi opinión, la majestuosidad de las iglesias europeas de aquella época.

En el exterior el calor apretaba y fuimos a tomar un refrescante mojito en la Casa de la Trova. Allí nos tocaron música cubana un grupo de músicos de color, vestidos con unas camisas a cuadros bastantes horteras, que nos animaban a que saliéramos a bailar pero nosotros nos negamos (el temor al ridículo fue más poderoso). Hubiera estado bien que Gustavo nos hubiese dado unas pequeñas lecciones de baile (como nos dijo al principio de conocernos) pero creo que estaba un poco incómodo con el grupo, en general, y con Peña y conmigo, en particular, por nuestras constantes quejas en relación con los imprevistos de nuestro viaje que, por cierto, él no nos resolvió.

Salimos de la Casa de la Trova para ir directamente a comer. El cielo amenazaba tormenta y empezó a oscurecerse, lo que nos contrarió un poco a todos, que teníamos previsto descansar aquella tarde y bañarnos en la playa. La comida no era muy apetecible y tampoco ayudó el ambiente que se originó a nuestro alrededor. Nos colocaron en una mesa situada junto a un balcón abierto a una de las calles principales de Trinidad con lo que los lugareños se quedaban observando cómo comíamos, pidiéndonos pan, dinero, y objetos. En fin, una situación bastante desagradable para todo el grupo.

Cuando terminamos de comer nos fuimos a la guagua. Llovía. Al llegar al bus descubrí que había una escuela justo enfrente, y pensé que era la oportunidad ideal para dejar todas las cosas que llevaba en mi mochila para regalar: cuadernos, gomas de borrar, jabones, etc. Los niños se pusieron muy contentos, y yo también porque durante todo el viaje no había encontrado el momento oportuno para hacerlo.

Llegamos al hotel y enseguida nos pusimos nuestros bañadores para bajar a bañarnos. Teníamos ganas de descansar. Se lo comentamos a Josefina y a los taxistas y quedamos en vernos en la playa. Ya había escampado y aunque no hacía mucho sol, el agua estaba fantástica de temperatura. Y nos encontramos con dos de las argentinas, primero, que venían dando un paseo desde su hotel y, después, con Joseba e Isabel, que igualmente habían decidido mover un poco las piernas y venían desde su hotel caminando por la playa.

Empezaba a hacerse tarde y nos subimos a darnos una ducha. Por fin había llegado el agua (estuvimos varias horas sin suministro) y nos arreglamos para la cena. Peña y yo habíamos pensado con Enrique y Paula, ir a Trinidad por la noche para tomarnos una copa y por lo menos disfrutar un poco del ambiente nocturno de la ciudad. Se nos planteaban dos problemas: uno, decírselo a Josefina que, aunque era muy marchosa, podía ser perfectamente nuestra madre y, dos, cómo ir hasta allí porque no había transporte, ni siquiera taxis a aquéllas horas de la noche. Moisés, que comprendía perfectamente que siendo jóvenes tuviésemos ganas de salir, se ofreció a llevarnos en la guagua y a traernos de vuelta. A nosotras nos parecía muy arriesgado y le dijimos que no queríamos causarle problemas. Él, sin embargo, insistió en llevarnos siempre y cuando no regresáramos excesivamente tarde ya que al día siguiente teníamos el viaje más largo de todo el circuito: el regreso a la Habana. Nos pareció un detallazo de su parte y, finalmente, se lo comentamos a Josefina que estábamos seguras de que vendría encantada y fuimos al hotel Brisas con Moisés a recoger a Enrique y Paula. No se los dijimos a nadie más a sabiendas de que no se animarían. Fue una pequeña aventura en nuestro viaje. Trinidad debía estar como a diez kilómetros de los hoteles pero, aún así, nosotras rezábamos porque no ocurriese nada en el trayecto. Cuando llegamos a Trinidad en la plaza que, por la mañana apenas había gente, estaba repleta de jóvenes lugareños sentados tomando algo y disfrutando de un espectáculo de música y baile afrocubano, en directo. A nosotros nos encantó y cuando terminó fuimos a una barra a pedir algo de beber. Nos sentamos en una mesa y estuvimos charlando amistosamente y contando chistes. Enrique, que tenía un estupendo sentido del humor, nos hizo reír. Además nos confesó una dolencia íntima de sus partes genitales que no tuvo ningún reparo en comentar delante de su mujer y, de nosotros, que apenas nos conocía. Nos reímos mucho oyéndole contar los detalles de su explicación. Moisés no daba crédito, se lo pasó fenomenal y creo que disfrutó muchísimo de aquella noche: tanto o más que nosotras.
Regresamos al hotel a eso de la una de la madrugada y en la guagua pensamos en darle una propina a Moisés por su detalle con nosotros pero no quiso aceptarla. Dejamos a Enrique y a Paula en su hotel y cuando llegamos al nuestro, Moisés nos propuso tomarnos la última copa a Josefina y a nosotras. Sabíamos que al día siguiente íbamos a tener un día largo de viaje pero el ofrecimiento nos pareció estupendo y dijimos que sí. Allí estábamos de nuevo los cuatro hispanoamericanos: Josefina, Moisés, Peña y yo, tomándola en el único bar del hotel que quedaba abierto. Y no nos tomamos una sino varias. Peña y yo le habíamos cogido el gustillo al daiquirí, así que eso era lo que bebíamos. Era la última noche del circuito juntos, y merecía la pena disfrutar de aquéllas conversaciones espontáneas entre amigos que, así lo sentíamos, aunque sólo nos hubiésemos conocido desde hacía apenas una semana. Lo pasamos fenomenal y cuando regresábamos a nuestra habitación pensamos que a la mañana siguiente iba a ser imposible poder levantarnos así que quedamos en avisarnos unos a otros a eso de las siete de la mañana (lo dijimos también en recepción, pero no nos llamaron).

Cienfuegos y debate político en la guagua...

Jueves, 15 de septiembre de 2005. Viaje a Trinidad pasando por Cienfuegos.

Tuvimos que levantarnos muy temprano porque el viaje a Trinidad era largo, no sólo por los kilómetros, que eran bastantes, sino también por las carreteras: precarias. En Cuba las distancias no se pueden medir por los mismos parámetros que en España: la red de transportes es escasa, anticuada y pobre. El paisaje que se divisaba desde la guagua, en nuestro camino a Trinidad, era muy distinto al del viaje a Pinar del Río: mucho más plano. Para mi gusto no tan bello, pero con su particular encanto.

De nuevo en la guagua, Gustavo continuó con la famosa historia de los cinco héroes. Pero esta vez la atención se disipó bastante. De hecho Peña me pidió el discman para escuchar música, y yo me dediqué a admirar el paisaje. Hicimos una primera parada, a media mañana, en un lugar llamado la Fiesta Campesina: lugar al aire libre, enfocado al turismo, donde se exhibían animales de la isla y especies arbóreas. En este sitio probamos una bebida que se llama guarapo (zumo hecho de la caña de azúcar). Descansamos un rato y nos dirigimos a un criadero de cocodrilos situado en la ciénaga de Zapata. Hacía un calor extremo. Vimos unos cuantos cocodrilos y Josefina, incluso, lanzada ella, se atrevió a ponerse uno pequeño rodeándole el cuello para hacerse una foto, con sombrero vaquero incluido, tipo Cocodrilo Dandeé - una horterada, por cierto -. Gustavo nos ofreció hacer una excursión adentrándonos en la ciénaga con una barca (previo pago del importe correspondiente porque esta actividad no estaba incluida en el paquete del viaje) y nos negamos: aquél sitio era demasiado turístico y al grupo, en general, no nos resultó atractivo el ofrecimiento. He de reconocer que todos andábamos un poco "moscas" con el tema de las tiendas de souvenirs y los lugares como aquél. Así que Gustavo ante la negativa generalizada optó por llevarnos a comer. Peña y yo nos sentamos con Joseba e Isabel y ellos pidieron una tapita de carne de cocodrilo para probarla. Muy amablemente nos ofrecieron y pudimos degustar aquélla carne que, ciertamente, estaba muy buena.

Una vez comidos y con el estómago lleno - aunque lo de lleno es más bien un decir - montamos en la guagua y del tirón nos fuimos a Cienfuegos. En el camino nos llovió torrencialmente, tanto que Moisés tuvo que aminorar la marcha porque apenas se veía la carretera. Conducir por aquel asfalto, y con una lluvia tan intensa, requería de una gran destreza. Todos íbamos muy seguros con Moisés que nos demostró ser un estupendo conductor con mucha experiencia al volante. En el camino pasamos por unas aldeas pequeñísimas que más bien parecían poblados, con apenas cuatro casas, desvencijadas y maltrechas. Los cubanos siempre dejan abiertas las puertas de sus casas así que perfectamente se podía ver el interior de las mismas. No poseen muchos muebles y da la impresión de que están vacías. Y siempre hay algún cubano apostado en la puerta dejando que el tiempo siga su curso, sin inmutarse, sólo viendo la vida pasar.

En este viaje adentrándonos en el interior de la isla vimos campos de caña de azúcar que, según nos comentaba Gustavo, no eran tantos como los de antaño. La exportación de caña de azúcar disminuyó, brutalmente, primero con el bloqueo estadounidense y, después con la desaparición de la Unión Soviética. Seguramente me equivoque, pero no recuerdo ver campesinos trabajando la tierra, - no al menos desde la guagua -. La gente en el interior se veía más pobre que en la Habana.

Llegamos a Cienfuegos: un nombre sonoro y bonito para una ciudad. Yo esperaba que detrás de este nombre tan llamativo se escondiese una leyenda de piratas como mínimo, pero no. La ciudad se llama así por el capitán José Cienfuegos que ejerció el mando entre 1816 y 1819. Quedaba poco para el atardecer y bajamos de la guagua para hacer la visita turística. Moisés nos dejó en el parque José Martí. Entramos en el teatro Tomás Terry, situado en un lateral de la plaza. El teatro, como todo, necesitaba una reforma urgente pero se podía apreciar que en otro tiempo debió ser un teatro de postín. Paseamos por las calles de Cienfuegos y paramos un momento a ver una casa señorial antigua que había pertenecido a una familia gallega situada junto a la bahía: muy bella, un contraste absoluto con la realidad actual. Chispeaba y ya anochecía cuando volvimos a montar en la guagua, rumbo a Trinidad: nuestro destino.

Ya en el interior del bus, Joseba se levantó de su asiento y se fue hacia la parte delantera del vehículo. Se posicionó detrás de Gustavo e inició un debate político. El resto del grupo como veíamos que la conversación se acaloraba le pedimos a Joseba que tomase el micrófono para poder oír lo que le preguntaba a Gustavo y, de esta manera, participar en el debate. Joseba llevaba todo el viaje mordiéndose la lengua cada vez que hablaba Gustavo pero, a estas alturas de la película, no pudo resistirlo más y se tiró a la piscina. Empezó haciendo su pequeño discurso sobre las impresiones que de Cuba se llevaría a España. La opinión de Joseba se basaba, fundamentalmente, en que no podía creer que los cubanos aceptasen aquella situación dramática de pobreza y decadencia sin más, sin rebelión, sin actuación de ningún tipo y en ninguna dirección. Cómo podía entenderse ese sometimiento consciente a un régimen opresor que ha llevado a Cuba a vivir de la mendicidad del turista. Joseba intentó transmitir a Gustavo las bondades del establecimiento de un régimen democrático en un país sometido durante largo tiempo a la tiranía de un dictador poniendo como ejemplo la transición española, de la España de Franco a la democracia actual. Gustavo, por su parte, argumentó que la historia de Cuba era distinta de la española (en esto, ciertamente, no le faltaba razón) y que la isla había estado siempre sometida a fuerzas externas e imperialistas y que no debíamos olvidar la situación geográfica de la isla y su cercanía a los Estados Unidos para comprender su situación de aislamiento. Pero lo que quizás a todos nos resultó más demoledor fue oír decir a Gustavo que "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer" refiriéndose, claro está, a los americanos. No podíamos entender cómo una persona joven, inteligente y con estudios universitarios, podía pensar de aquel modo tan plano, sin perspectiva de futuro. El debate fue intenso y creo que si hubiesen puesto unos micrófonos en el bus nos habrían enchironado a todos. Gustavo al final estaba molesto. Creo que le agotamos y no estaba preparado para tanta polémica.

Ahora, cuando lo recuerdo y lo pienso desde la distancia, me siento afortunada de vivir donde vivo y deseo que Cuba sea libre muy pronto y el pueblo cubano recupere su identidad.

Después del debate político llegamos a Trinidad, ya de noche. En Trinidad los hoteles se encontraban a las afueras de la ciudad y eran dos: el Hotel Brisas Trinidad del Mar y el Hotel Ancón. Peña y yo teníamos reservado el primero pero, como nuestro viaje estaba destinado a ser problemático, nos dijeron que no, que el hotel donde iban a alojarnos era el Ancón, de menor categoría. Así que con unos morros que para qué, ya después del cansancio, y sin demasiadas ganas de discutir planeamos pedir un justificante de nuestra estancia en el Hotel Ancón, que no era el elegido por nosotras, y hacer todas las reclamaciones juntas cuando tuviésemos ocasión. La mayor parte del grupo estaba alojada en el hotel Brisas y en el Ancón nos dejaron a Josefina, Moisés, los cuatro solteros de oro y nosotras (la juventud no era, precisamente, lo que primaba). Sin embargo, después de la contrariedad del hotel (que fue el peor de todo el circuito, sin lugar a dudas) he de reconocer que lo pasamos fenomenal y disfrutamos mucho de nuestros dos días en Trinidad.

Una vez que nos registramos en el hotel, Peña y yo subimos a nuestra habitación. Josefina y Moisés estaban en habitaciones contiguas a la nuestra. Dejamos las maletas, avisamos a Josefina (que como tardaba en arreglarse nos dijo que ella iría más tarde) y nos bajamos a cenar algo antes de que cerraran el bufet. La comida no era muy allá pero al menos pudimos tomar algo. Cuando Josefina llegó se sentó con nosotras. Se había duchado, vestido elegantemente, y arreglado como era costumbre en ella.

Cuando terminamos de cenar nos fuimos a ver el espectáculo del hotel que era muy cutre y guardaba un enorme parecido con el del cayo, pero este de Trinidad fue más divertido porque hubo exhibición masculina de pectorales. Me explico. El espectáculo era al aire libre y nos sentamos todos (Josefina, Moisés, los taxistas y nosotras) en dos mesas que juntamos. Los animadores trataban de entretener a los turistas con juegos y uno de ellos consistía en que tres chicas sacadas al azar del público tenían que conseguir, en el menor tiempo posible, el mayor número de prendas de vestir que, en primer lugar fueron zapatos, luego camisas o camisetas y, por último, pantalones. Nuestro grupo accedió sin reparos a quitarse los zapatos pero no consentimos tan fácilmente con las camisas, excepto, los taxistas que como fueron abordados por muchachas jóvenes no opusieron resistencia a mostrar sus torsos desnudos (no es necesario que describa aquellos cuerpos serranos). Moisés no daba crédito y Josefina estaba encantada de la vida pasándoselo pipa. Nosotras nos partíamos de la risa y nos lamentábamos de no haber tenido una cámara de fotos para haber inmortalizado aquel momento glorioso. He de decir que no hubo éxito con la parte de los pantalones. En cualquier caso fue suficiente con lo que tuvimos. Cuando finalizó el espectáculo aún nos quedamos un rato al aire libre tomando una copa y hablando de música de la que escuchaban nuestros padres y confraternizamos a tres bandas: Méjico, Cuba y España. Lo pasamos bien, la verdad. Ya era tarde y los taxistas se subieron a dormir a sus habitaciones. Josefina, Moisés, Peña y yo nos fuimos a la única barra del hotel que quedaba abierta y nos tomamos la última copa.

Conversamos largo y tendido, como cuatro amigos de toda la vida, y hablamos de las costumbres, de las semejanzas y, también, de los diferentes usos del castellano en nuestros respectivos países. Fue un momento entrañable, de compartir con personas prácticamente desconocidas pero al mismo tiempo, cercanas. De pronto, las diferencias, de edad, situación económica, y nacionalidad, no tenían ninguna importancia y lejos de separarnos, nos acercaban y nos enriquecían mutuamente. Cada uno contaba sus experiencias con confianza, con libertad. Y si no hubiese sido porque a la mañana siguiente había que levantarse temprano hubiéramos seguido de palique toda la noche

Pinar del río

Miércoles, 14 de septiembre de 2005. Pinar del Río: Tierra y Tabaco.

Una de las cosas, para mí, más inquietantes y, a la vez, fascinantes de Cuba es que cada mañana cuando sales por la puerta de la habitación del hotel te preguntas qué te deparará el nuevo día, porque intuyes que no será igual que el día anterior. Como ya he comentado, nunca antes había estado en el Caribe y de mis lecturas de Gabriel García Márquez tenía imágenes retenidas en mi memoria que se hicieron realidad en la isla: hombres mayores sentados en el porche de la casa apenas iluminado, fumando y balanceándose en una mecedora, gente esperando la guagua durante horas con la mirada perdida en el vacío, el calor sofocante que ralentiza el ritmo vital de todo ser humano...

La visita a Pinar del Río consistía en una excursión de un día a la parte más occidental de la isla, característica por sus plantaciones de tabaco y por la frondosa vegetación de sus parajes. La verdad es que la vegetación de la isla ya nos impresionó cuando en el viaje en avión desde Madrid tomábamos tierra en La Habana y desde las alturas se veía una inmensidad verde junto al mar.

El trayecto en guagua hasta Pinar del Río era largo. En la carretera íbamos a pasar muchas horas y Gustavo, el guía, aprovechó para aleccionarnos sobre lo que íbamos a ver. En la carretera se veían a cada tramo, apostados en los laterales, carteles propagandísticos de la revolución cubana. A Peña y a mí nos resultaban tan curiosos que hubiéramos deseado que Moisés se hubiera parado más de una vez para fotografiarlos. Entre los múltiples carteles que veíamos había uno que se repetía numerosas veces y que iba a acompañarnos durante aquel día y también en el resto de nuestro viaje. Se trataba de un cartel donde aparecían los rostros de cinco jóvenes cubanos (los cinco héroes) y un mensaje entre exclamaciones: ¡Volverán!. Las amigas argentinas tuvieron la genial idea de preguntar a Gustavo el porqué de aquella reivindicación tantas veces repetida y nuestro guía accedió muy decidido a contarnos la historia. No obstante, el relato era tan extenso y nos lo contaba con tal lujo de detalles que no pudo terminarlo en aquél primer viaje a Pinar del Río y tuvo que continuar con el capítulo siguiente en nuestro viaje a Trinidad. Resumiendo brevemente lo que nos contó Gustavo, y en pocas palabras: "Estos cinco jóvenes fueron arrestados injustamente en los Estados Unidos (Miami) por poner en peligro la seguridad nacional del pueblo americano y fueron sometidos a un juicio amañado y repleto de irregularidades que les condenó a cadena perpetua. Fueron tratados vejatoriamente y privados de las visitas de sus familiares. El gobierno cubano, durante todo el cautiverio, no ha cesado de solicitar justicia y libertad para estos jóvenes cubanos. Parece ser que el caso va abrirse de nuevo y existe una esperanza para la liberación". En esta parte del viaje empezamos a tomar conciencia "política" de la situación de Cuba y de la opinión de los cubanos. Por primera vez escuchamos manifestarse políticamente en una dirección determinada - la del régimen de Fidel - a un cubano con estudios universitarios y "supuestamente" culto. En este primer speech sólo habló él. Todos le escuchábamos atentamente (hasta que empezó a aburrirnos) y nos llamó la atención su forma apasionada de contarnos la primera parte de la historia. En el grupo empezamos a hacer, a título individual, nuestros primeros comentarios. Joseba, que resultó ser el más polémico de todos nosotros, empezaba a fraguar su propio discurso.

El primer alto en el camino fue muy breve: tomar un refresco y estirar un poco las piernas. Seguidamente, nos dirigimos a una pequeña fábrica, en el mismo pueblo de Pinar del Río, donde hacen un licor parecido al ron pero cuyo nombre he olvidado por completo. Lo probamos pero no nos gustó demasiado. De este lugar recuerdo, especialmente, dos anécdotas que nada tienen que ver con el licor. La primera fue que, mientras esperábamos a la persona encargada de explicarnos el proceso de fabricación del ron, nos fijamos en un mensaje pintado en la pared de la sala que decía algo así como que "El partido no muere, las personas sí" y Joseba, al leerlo, se quedó perplejo, no podía creerlo. Tanto fue así que se atrevió a preguntarle a un cubano que merodeaba por allí si estaba de acuerdo con aquella afirmación escalofriante, y sin dudarlo le contestó que sí. La segunda anécdota le ocurrió a Josefina. Ella siempre iba muy arreglada, con sus vestidos caros y alhajas. Se notaba que era una persona adinerada y de buena posición social - lo que en Cuba no pasa desapercibido -. Las mujeres cubanas siempre se fijaban en ella y le pedían que les regalase sus cosas. Yo me había fijado en que cuando salió del hotel llevaba puesto un vestido en blanco y negro estampado con unos dibujos que parecían hojas. Recuerdo que me llamó la atención porque, según le vi con su vestido, pensé que era precioso y elegantísimo pero, al mismo tiempo, que no era la prenda más adecuada para hacer una excursión por el campo. Por eso me sorprendió tanto verla salir de la fábrica de licor con una camiseta tipo vestido de algodón en color gris que no pegaba nada con su estilo. Le pregunté que si se había cambiado para estar más cómoda y me contestó que no, que una mujer le había pedido que le regalase su vestido. Josefina, en principio, le dijo a la cubana que no llevaba otra cosa para ponerse, excusándose. Pero la mujer insistió tanto ofreciéndole la camiseta de algodón y argumentando, además, que ella podría volver a comprarse otro vestido como aquél, que definitivamente convenció a Josefina para desprenderse de la prenda. No estuve presente en aquella conversación entre Josefina y la cubana pero estoy segura de que a la mujer no le costó demasiado convencer a Josefina, todo corazón y generosidad. La visita a la fábrica había terminado y de aquí nos fuimos a visitar la de tabaco.

Desde luego la fábrica de tabaco no era, en absoluto, la idea que todos teníamos en mente. Gustavo durante el viaje nos había estado comentando todo lo relacionado con la producción del tabaco: cómo y cuándo se planta, los diferentes tipos de hoja, el secado, la manufactura de los puros, etc. Y nos había advertido de que la fábrica que íbamos a visitar era muy pequeña (las más importantes fábricas de tabaco de Cuba se encuentran en La Habana). Antes de entrar en la fábrica, Gustavo nos pidió que dejásemos todas nuestras pertenencias en la guagua y, por supuesto, que no llevásemos las cámaras de fotos con nosotros porque estaba terminantemente prohibido. Después descubriríamos el porqué de esta prohibición. El lugar era realmente sórdido, nada extraño si tenemos en cuenta que en otros tiempos había sido utilizado como prisión. La visita fue impactante. Entramos en una sala alargada y estrecha con una formación de entre quince y veinte filas - puede que me equivoque, soy muy mala calculando- de tres personas cada una, dispuestas como el aula de un colegio. Los empleados, hombres y mujeres, de todas las edades, manipulaban las hojas de tabaco en una especie de minicadena de producción. Dependiendo del tipo de hoja, unos hacían las tripas del puro, otros, el envoltorio último con la hoja más fina, etc. Por supuesto, cuando nos vieron entrar, todos los empleados se nos quedaron mirando fijamente, al tiempo que continuaban con sus quehaceres. Como el cubano nunca desaprovecha una oportunidad para conseguir algo, también nos pedían los abanicos, anillos, y lo poco que llevábamos encima ya que lo teníamos todo en la guagua. Ni que decir tiene que las condiciones de trabajo eran infrahumanas: hacinados, con un calor de mil demonios y vigilados muy de cerca por un "vigilante" que más bien parecía un carcelero. Pensamos que las fotos estarían prohibidas porque aquélla no era una imagen como para enseñar las bondades del régimen. Yo, personalmente, no había visto en mi vida algo igual y aunque por mi ideología no apoyo, en absoluto, el capitalismo salvaje de las sociedades occidentales, no puedo, tampoco, dejar de horrorizarme con el esclavismo de un comunismo mal entendido. Creo que todos nosotros salimos de allí con el estómago del revés. No puedo decir que la visita a la fábrica me gustase, más bien todo lo contrario. Aquélla fue otra de esas sensaciones desagradables y tristes que me traje en la memoria.

Continuamos el viaje por los parajes de Pinar del Río en dirección a Viñales. Nos adentramos en los bosques de árboles tropicales y palmeras. Gustavo nos comentaba las especies que íbamos viendo por el camino hasta que llegamos a un mirador donde paramos a disfrutar de la panorámica de un valle espectacular, inmensamente verde. De aquí nos fuimos a comer. Llovía. El sitio donde comimos era muy bonito, situado en el valle y al pie de unas formaciones rocosas que se llaman mogotes. De aquí fuimos a la cueva del Indio: una gruta subterránea donde se encontraron restos de indígenas. El interior estaba surcado por un río y recorrimos un pequeño tramo en una barca de estabilidad dudosa. Estuvimos esperando un buen rato al barquero, que no aparecía. Así son los cubanos, imprevisibles. El viaje fue cortito pero estuvo bien.

La siguiente parada fue Viñales: un pueblo rural, muy pobre. Moisés y Gustavo se quedaron en la guagua y todos nosotros bajamos para pasear por la calle principal del pueblo. Debían ser las cinco de la tarde y muchos cubanos salían de sus trabajos; los niños, del colegio. Curiosamente, en este pueblo pequeño y humilde nadie se dirigió a nosotros para pedirnos dinero u objetos. Sólo nos observaban.

Subimos de nuevo a la guagua. Antes de partir definitivamente para La Habana, de regreso, visitamos un mural contemporáneo dibujado en la roca sobre la evolución del hombre y, también, hicimos un alto en el camino para ver un bohío (secador de tabaco).
El día había sido intenso. El viaje de regreso duró más de dos horas. Llegamos al hotel de noche. Peña y yo habíamos pensado que si llegábamos pronto podíamos ir a ver el espectáculo del Cabaret Parisién en el hotel Nacional, que las argentinas y Josefina nos habían recomendado. Tuvimos la mala suerte de que llegamos muy tarde a la Habana y descartamos la posibilidad de comprar entradas a aquéllas horas de la noche. Así que nos duchamos, bajamos a cenar y luego subimos a la terraza de nuestro hotel que estaba en la planta novena a tomarnos una copa. La vista nocturna de La Habana desde la terraza del Sofitel es una delicia para la vista. Hay un restaurante muy bonito, ideal para parejas de enamorados porque es realmente romántico. Nosotras nos pedimos unas cervecitas y nos las tomamos en uno de los ventanales orientado al mar. En aquel preciso momento, nos acordamos muchísimo de nuestros amigos, y especialmente de Benito. Sabíamos que habría disfrutado enormemente de una ciudad tan especial como La Habana. Al día siguiente nos iríamos a Trinidad. Pero todavía pasaríamos un día más en La Habana antes de regresar a Madri

Tierra, Tabaco, Sol y timo al canto.

Martes, 13 de septiembre de 2005. El comienzo de nuestro circuito: Tierra, Tabaco y Sol. De nuevo en la Habana, pero con compañía.

Volvíamos a estar en la Habana: una ciudad maravillosa y sorprendente que enamora. Por algo es Patrimonio de la Humanidad. A nosotras nos dejó fascinadas. Hay lugares en el mundo (al menos los pocos que yo he tenido la suerte de conocer) que provocan esa sensación, por lo diferentes, por lo auténticos. La Habana es así: única.

Antes de la visita turística teníamos que conocer al grupo de personas, con el que íbamos a recorrer todo el circuito. Estábamos expectantes. El día de antes nos habían informado que íbamos a ser catorce. Yo, particularmente, temía que nos tocara un grupo de pesados. Esperamos en el hall del hotel a que nuestro guía de Havanatur viniera a por nosotras. A las 9:30 de la mañana, aproximadamente, llegó Gustavo - el guía -. Gustavo, cubano, blanco, tenía unos cuarenta años, estatura media, delgado y con el pelo canoso. Muy amablemente nos dirigió a nuestra guagua. Con nosotras, estaban alojados en el hotel Sevilla, un matrimonio vasco, de Bilbao. Así que del hotel salimos los cuatro juntos. En la guagua estaban ya todos los demás, excepto los catalanes, que pasaríamos seguidamente a recogerlos en el hotel Telégrafo. La media de edad del grupo no era para tirar cohetes, la verdad. Yo calculo que rondaría los cincuenta y... Los más jóvenes, una parejita de recién casados y nosotras. El personal no era como para correrse unas juergas por la isla, de primeras. Y las cosas que tiene la vida que cuando nos fuimos conociendo, nos lo pasamos fantásticamente y todos nos parecieron muy buena gente. Por supuesto, no me olvido de nuestro chófer, Moisés, también cubano como el guía, de unos cincuenta, muy delgado, con el pelo canoso y con atractivo, cuyo rostro recordaba los rasgos de un muchacho guapo en su juventud.


Éramos el convoy hispanoamericano: tres mujeres argentinas, Doris, Gladis y Yolanda, jubiladas, maestras de profesión y encantadoras; Josefina, mejicana, viuda adinerada de un militar de la presidencia de Méjico (no sé exactamente de qué gobierno), con una vitalidad desbordante, a pesar de que había perdido a su marido hacía escasamente un año; el resto, españoles. Entre nuestros compatriotas se encontraban el matrimonio vasco; Isabel y Joseba, él, profesor de euskera, jubilado, especialmente polémico y controvertido, pero muy majo, y ella, pequeñita y muy agradable; Paula y Quique, la parejita de recién casados, ella, maestra en Ávila, alta, muy guapa, delgada y bellísima persona y, él, técnico de medioambiente en la diputación de Ávila, alto también, con una incipiente calvicie, y con un estupendísimo sentido del humor; los cuatro magníficos, solteros de oro (porque debían de estar forrados, no por otra cosa), de la zona de Cataluña y Aragón, de una media de sesenta años y de profesión taxistas tres de ellos, el cuarto, era instalador de suelos de parqué en su pueblo. Un grupo cuanto menos peculiar y variopinto.
Hicimos un breve recorrido en la guagua por la zona centro de la Habana. Gustavo aprovechó este primer contacto para presentarse y hacer una pequeña introducción de lo que iba a ser nuestro viaje juntos. Nos comentó que aquél primer día de visita en la ciudad iba a ser intenso porque teníamos muchas cosas que ver.

La primera parada fue en el Castillo del Morro. El guía nos contó la historia de la fortaleza bajo un sol de justicia, y eso que el cielo estaba algo nublado. La panorámica de la Habana desde aquél lugar era realmente espectacular. Hicimos unas cuantas fotos. Peña, se dio cuenta de que no había cargado la batería de su cámara de fotos digital y no pudo tirar más que un par de ellas. Paseamos por allí disfrutando de las vistas y emprendimos viaje hacia la Habana Vieja. Era martes y se respiraba otro ambiente, más tranquilo que el del sábado. Iniciamos el recorrido por la Habana Vieja en la plaza de la Catedral. Nosotras ya habíamos estado allí con Juan. Entramos en el interior de la catedral, de estilo neoclásico y construida por los Jesuítas. Fuimos a la Plaza de Armas y paseamos por las calles. El calor era sofocante y entramos en la casa del Café. Allí compré los puros Trinidad para Mariano. Nos tomamos una cervecita para refrescarnos un poco y continuamos con la visita. Al rato volvimos a hacer otra paradita para tomarnos unos mojitos en una terraza. Agradecíamos enormemente estas paradas. En nuestro periplo perdimos a Josefina que luego veríamos más tarde en la guagua. Según el programa la próxima visita era el museo del ron Havana. Nos explicaron los detalles de la producción del ron y nos dieron a probar unos chupitos. Fue muy interesante. Y de aquí nos dirigimos a la Maison, restaurante en el barrio de Miramar, donde comimos en una terraza al aire libre. Nos sentaron a todos juntos en una mesa donde empezamos a conocernos y a compartir nuestras primeras impresiones.

Una vez finalizada la comida, montamos de nuevo en la guagua y nos llevaron -sin bajar del bus- por el Cementerio de Colón. Peña y yo hubiéramos suprimido esta visita, carente de interés para nosotras. Y de aquí nos dirigimos a la Plaza de la Revolución, donde Fidel Castro pronuncia sus discursos interminables. La Plaza de la Revolución está presidida por una estatua de su héroe nacional, José Martí. El lugar no me pareció de demasiado interés excepto por un edificio que tiene una imagen del Ché en forja cubriendo toda la parte frontal y, por supuesto, impreso el lema del mítico revolucionario: "Hasta la Victoria Siempre". La visita turística de la ciudad de La Habana llegaba a su fin. Debían ser como las cinco de la tarde. Nos subimos a la guagua y de vuelta a nuestros hoteles, pasamos por el Vedado y Gustavo nos fue explicando los lugares que íbamos viendo.

Llegaríamos a nuestro hotel a las seis de la tarde así que teníamos tiempo libre para descansar un poco, cenar tranquilamente y salir por la noche. Consultamos en nuestra guía de viaje qué sitios podían ser interesantes, por la zona, para ir a tomar una copa. Decidimos que después de la cena iríamos a la Casa de la Música. Nos pusimos guapas para disfrutar de la noche habanera, ignorantes de lo que iba acontecernos más tarde.

Cuando estuvimos preparadas, salimos en busca del sitio elegido que, según nuestro mapa, estaba muy cerca del hotel. Serían las diez de la noche y subimos por el Paseo del Prado en dirección al hotel Telégrafo para luego torcer a la izquierda y tomar una calle perpendicular. La iluminación de las calles por la noche es mínima en La Habana y aunque es una ciudad que presume de ser muy segura, no te mueves por ella con tranquilidad a esas horas. Al menos a nosotras, cuando dejamos el Telégrafo para adentrarnos en las calles de detrás, nos pareció que todo estaba muy oscuro. No había ningún letrero indicativo de la calle y andábamos un poco perdidas cuando se nos acercó una pareja de jóvenes cubanos. Nos preguntaron qué estábamos buscando y se lo dijimos. Ellos nos comentaron que la Casa de la Música estaba cerrada por una pelea que había ocurrido unos días antes. No habíamos contado con la posibilidad de que el sitio estuviese cerrado y no sabíamos de ningún otro lugar de copas por aquélla zona. Los dos jóvenes se ofrecieron muy amablemente a llevarnos a una calle próxima donde sólo había cubanos y podíamos conocer su ambiente genuino. Nos pareció muy buena idea. Los chavales nos resultaron "buena gente" y nos acompañaron. Fuimos al sitio en cuestión: una calle "cutre" y oscura en la que había unos cuantos bares, "cutres" también, y llenos de cubanos; eso sí. El bar donde nos sentamos a tomar la copa se llamaba Guantanamera - no lo olvidaré jamás -. Ellos se pidieron unos mojitos, nosotras también. Sabíamos de antemano que tendríamos que invitarles (es el precio que hay que pagar si quieres hablar con habaneros) y nos halagaron los oídos, tanto él como ella, diciéndonos cosas agradables. Hasta aquí todo iba bien. Llegados a este punto nos comentaron que tenían un hijo de dos años y que necesitaban leche para alimentarlo. El chico miró a la chica para que fuese ésta quien nos explicase el tema y ella, en principio, parecía no estar dispuesta a confabularse con su pareja (quizás fuese parte de su estrategia).

De todos es sabido que Cuba es una isla que vive aislada - y nunca mejor dicho - del resto del mundo, como consecuencia del embargo estadounidense y del derrumbe de la Unión Soviética. Hay muy pocos países que en la actualidad comercien con ella y el turismo es una de sus fuentes de ingresos más importantes. Lejos quedaron ya los tiempos dorados de la producción y comercialización de la caña de azúcar. El tabaco y el ron siguen siendo sus dos productos estrella para la exportación. La situación económica ha ido empeorando paulatinamente y ahora mismo Cuba es un país anclado en el pasado, pobre y carente de libertades. La realidad de este país es algo que nosotros no podemos entender. Recuerdo que un camarero que servía los desayunos en el hotel Sevilla nos soltó algo "divertido" que dice mucho del carácter del cubano: "Dadnos problemas que nosotros tenemos soluciones para todo" y no les falta razón. Él decía que se toman la vida con alegría pero que ni ellos mismos lo entienden. Viven en una ficción real, para mí llena de engaños. Los cubanos viven de su cartilla de racionamiento, consistente en una cesta de alimentos mensual que apenas les da para vivir dignamente. Dada la precariedad de sus sueldos y la escasez de alimentos, todos los cubanos se buscan la vida con sus propios medios, al margen del sistema, y así es como ha surgido un mercado negro paralelo en el que todos son partícipes. La vivienda es otro de sus grandes problemas: no se construyen viviendas - sólo hoteles -, y ello obliga a que las familias vivan hacinadas en espacios minúsculos. Puede que en una misma casa convivan hasta cuatro generaciones juntas. Estas pequeñas pinceladas de la situación, nos dan una idea de los problemas de subsistencia.

Y siguiendo con nuestro encuentro con los dos jóvenes cubanos, estos nos relataron las dificultades con las que se encontraban para comprar leche para su hijito y nos pidieron que les ayudásemos. Yo me ofrecí a acompañar al chico a una tienda para cubanos que se encontraba cerca de donde estábamos, y que cerraba a las doce de la noche, para ver lo que costaba la tan preciada leche de bebé. Peña se quedó con la chica, esperándonos en la terraza del bar. La tienda era bastante aséptica y me atendió un dependiente con cara de pocos amigos por el hueco de una ventanilla - parecida a la de las farmacias, pero un poco más grande -. De pronto fui consciente de la situación: estaba rodeada de cubanos, con mi monedero en la mano y sola. Le pedí al dependiente una ración de leche para bebé, y me dijo que ésta costaba 24 pesos cubanos. Me pareció excesivo el precio y no accedí a hacer la compra porque intuí el engaño. Le dije a mi acompañante cubano que tenía que consultarlo con mi amiga y aunque dijo no molestarse, a mí me pareció que sí (de nuevo pude ver ese gesto de negocio frustrado en el rostro de un cubano) y se lo hice saber. Volvimos al bar y le comenté a Peña lo ocurrido. No obstante, como no queríamos ser poco condescendientes, decidimos darles cinco pesos como ayuda. Inesperadamente, a él le entraron las prisas por pagar cuando ya estábamos tomándonos nuestro segundo mojito. Nos trajeron la cuenta de los ocho mojitos y nos "clavaron" cuarenta y ocho pesos cubanos. Nos quejamos del precio - que era carísimo, si consideramos que en la Floridita cuestan eso, siendo uno de los sitios más "chic" de la Habana - cuando la pareja ya se estaba despidiendo de nosotras. La chica parecía no querer dejarnos solas en aquélla calle insólita hasta que no nos terminásemos de tomar nuestras bebidas pero lo cierto es que rápidamente echaron patas y no les volvimos a ver. Allí estábamos nosotras, sentadas, terminándonos nuestros mojitos, sabiendo que habíamos sido timadas y sin poder hacer nada. Dedujimos que el chaval había llegado a algún acuerdo con el camarero del bar para poner un precio excesivo a las consumiciones y compartir las ganancias. Teníamos que haber pedido precios antes de sentarnos pero pecamos de confiadas.

Nos levantamos del sitio y nos fuimos al hotel. A la mañana siguiente teníamos que madrugar para hacer la excursión programada a Pinar del Río y la jugada nos había dejado bastante tocadas. Recuerdo que aquella noche yo, especialmente, me sentí bastante defraudada. Peña me decía que lo olvidase, que no le diese más vueltas, pero la verdad es que me costó dejar de pensar en ello. Llevábamos cuatro días en Cuba y en mi interior se cruzaban sentimientos muy contradictorios. No podía juzgar a todo el mundo por igual porque no sería justo y, sin embargo, me sentía decepcionada.

Último día en Cayo Coco y regreso a la Habana

Lunes, 12 de septiembre de 2005. Último día en Cayo Coco y regreso a la Habana.

Conseguimos que nos dejaran utilizar la habitación del hotel hasta las cuatro de la tarde. Nuestro avión de regreso a la Habana salía a las siete, así que no perdimos tiempo y pasamos toda la mañana en la playa. Yo me tuve que embadurnar bien de crema porque la parte del pecho se me irritó muchísimo con el sol. Afortunadamente el mal duró poco. Como era lunes y muchos de los animadores del hotel no habían trabajado durante el fin de semana, no nos conocían (no hay muchas chicas españolas y solas por aquellas playas). Cuando se acercaban a nuestras tumbonas para proponernos la práctica de alguna actividad o deporte y se percataban de que éramos españolas, comenzaba el interrogatorio. Ni mi amiga ni yo estamos ya acostumbradas a que los hombres se acerquen a nosotras, con curiosidad, sólo por saber de nuestras vidas. Al principio resulta, incluso, chocante. Los primeros que se acercaron fueron dos tipos de un aeroclub, muy simpáticos. Uno de ellos, que a mí me pareció que no estaba nada mal y que se llamaba Jesús, era un apasionado de la música de Julio Iglesias. Hablamos con ellos un rato de todo y de nada, en particular, pero fue una conversación muy agradable. Al rato se nos acercó un chico joven, Joaquín, de color negro azabache, muy delgado y alto, con una gorra cubriendo su cabeza y un balón de voley-playa. Su conversación nos resultó muy interesante: nos pareció un cubano coherente con la situación en su país y con opiniones muy inteligentes acerca de todo lo que comentamos. Nos habló acerca de sus limitaciones para viajar en el interior de la isla, de la situación de la mujer en Cuba, de la vida en pareja, etc.

Después de las diversas charlas amistosas nos fuimos a dar un baño. El agua estaba todavía más caliente que el día anterior y el cielo un poco más nublado. Hice unas cuantas fotos desde el interior del mar para que salieran las palmeras, el agua transparente y el color blanquísimo de la arena: un paisaje espectacular.

Nuestro tiempo en la playa tocaba a su fin, y teníamos que ir a la habitación a darnos una ducha, terminar de hacer nuestras maletas, y comer algo antes de emprender nuestro viaje de vuelta a la Habana. A las 5:30 estábamos ya preparadas esperando el autobús que nos iba a llevar al aeropuerto. Tengo que decir que a pesar de nuestra rigurosa puntualidad, casi lo perdemos, y no precisamente por nuestra culpa. Sin comentarios.

Volvimos a la Habana en otro avión de hélices que estaba en peores condiciones que el del anterior viaje. El trayecto fue muy bien, aunque tuvimos tormenta, y vimos atardecer. Esta vez se cumplieron correctamente los horarios y cuando llegamos al aeropuerto de la Habana, enseguida vino una mujer de Havanatur a recogernos. Supusimos que nuestras constantes quejas habían hecho algo de efecto.

Salimos del aeropuerto y ya nos estaba esperando un chófer amabilísimo que nos condujo al hotel Sofitel Sevilla situado en el centro de la ciudad, muy próximo al Telégrafo, donde nos habíamos alojado el día de nuestra llegada. El cubano siempre pregunta, habla, da conversación: es tremendamente comunicativo. Lo primero que me sorprendió de este chófer que, muy a pesar mío no recuerdo su nombre, fue su lenguaje exquisito al hablar y su propiedad. Nos habló de un montón de cosas: de las características del clima tropical, de los temporales que se forman en el Golfo de Méjico, de la calidad del agua en la Habana y su diferencia con respecto a otros lugares de la isla... Nos paseó por el Vedado y según pasábamos por los sitios de interés, nos comentaba cómo se llamaban... en definitiva, fue un chófer-guía improvisado que nos dejó perplejas a Peña y a mí. Este fue uno de los episodios que recordamos con mucho cariño. Cuando finalizó el trayecto, le preguntamos cómo nos podíamos informar de la hora a la que saldríamos a la mañana siguiente, con el circuito. Nos dijo que llamásemos a un número de teléfono y seguimos sus instrucciones.
El hotel Sofitel es un hotel "tradicional" que, normalmente, está lleno de españoles: el hall es amplísimo, de estilo colonial, tanto en la arquitectura como en el mobiliario. Tiene un patio andaluz con bar-terraza en el que siempre hay músicos amenizando el ambiente. Nos gustó el hotel aunque con matices: necesita una rehabilitación urgente. Los ascensores tardaban horrores en llegar al piso, subían lentamente y las puertas se cerraban sin dar tiempo a la gente a salir, con el susto correspondiente. Nosotras después de los primeros intentos y, a pesar de que nuestra habitación estaba en el tercer piso, decidimos que para no perder tiempo era mucho mejor bajar por las escaleras. Como llegamos muy tarde al hotel, dejamos nuestras cosas en la habitación y bajamos directamente a cenar. Cenamos prácticamente solas y muy a gusto. El día había sido largo así que después de cenar nos subimos a la habitación a descansar.

Cayo Coco: un paraíso terrenal

Domingo, 11 de septiembre de 2005. Cayo Coco: un paraíso terrenal.

Amanecimos temprano y el sol ya estaba muy alto. El mar se veía fantástico y la luz era intensa. De camino a la playa teníamos un paseo de vegetación y palmeras que nos encantó. Fuimos a desayunar y el calor húmedo ya se hacía notar. Tardamos un poco en ubicarnos porque las instalaciones del hotel eran amplias y como habíamos llegado de noche el día anterior no teníamos ni idea de cómo estaban distribuidas. Decidimos terminar con el tema de la agencia y llamar para reclamar pero no queríamos perder demasiado tiempo: habíamos ido al cayo sólo para disfrutar del sol y la playa y no nos iban a amargar las vacaciones. Conseguimos contactar con un jefe del mercado de Cayo Coco llamado Lexter y cuando le contamos la serie de tropelías que nos habían sucedido en sólo dos días, nos garantizó hacer todo lo posible por resolver nuestros problemas. Respiramos un poco, aliviadas, y nos fuimos a la playa.

El calor era sofocante cuando salimos del hotel. El baño se antojaba muy apetecible. Llevábamos una refriega potente de crema protectora en nuestros cuerpos que, aunque ya estaban curtidos, no estaban preparados para aquellos rayos solares verticales que caen a plomo en tierras caribeñas. La primera imagen del mar se quedó grabada en nuestras retinas: azul claro transparente sobre una arena blanca y finísima, una delicia para los sentidos. Ya nos habían comentado que aquel lugar era como el paraíso y, ciertamente, lo pudimos comprobar. Además del mar espectacular, las palmeras y la vegetación no se quedaban atrás en belleza. Por fin, pudimos disfrutar de paz y sosiego. El agua estaba caliente. Para mí era la primera vez en el Caribe y nunca había experimentado lo que es entrar en el mar y no sentir la sensación de frío que produce el primer contacto con el agua. Y aunque reconozco que me gustó muchísimo, prefiero que la temperatura sea algo más fría y refrescante. Nos dimos un buen baño largo hasta que se nos arrugaron las yemas de los dedos, ¡qué delicia! Por otro lado la luz era tan intensa que llegaba a ser cegadora, tanto que cuando cogí mi cámara para hacer fotos pensé que no me iban a salir bien. Afortunadamente no ha sido así y las fotos han quedado fantásticas.

En el Cayo, la situación cambió bastante con respecto a la Habana. Nadie nos acosó y pudimos relajarnos en nuestras tumbonas. Como en los cayos, normalmente, no hay otra cosa que hoteles, la vida transcurre en sus instalaciones. Haciendo uso de nuestra estancia con todo incluido, de media mañana nos tomamos el primer daiquirí de limón. Nos supo a gloria bendita: los hacen de muerte. Y así se nos pasó el día: de la playa al bar, daiquirí y baño... De vez en cuando, cuando estábamos en la playa se nos acercaba algún animador turístico con afán de que nos apuntáramos a las múltiples actividades del hotel: aquagym, aerobic, baile, etc. Con nosotras, he de reconocerlo (aunque me pese) no tuvieron mucho éxito.

Los españoles somos muy queridos por los cubanos y en cuanto nos oyen hablar en castellano se acercan a preguntarte y a entablar una conversación contigo para que les informes. Así que en el tiempo que estuvimos en la playa hablamos con algún que otro cubano empleado del hotel. Todos nos parecieron encantadores.

Nos quedamos en la playa hasta que prácticamente se fue el sol. Apenas quedaba gente a la hora del atardecer y escuchar sólo el ruido del mar resultaba terapéutico. Recogimos nuestras cosas y nos fuimos a darnos una ducha. En el hotel hacían espectáculos por las noches y nos arreglamos para bajar a cenar y ver la actuación. Septiembre es un mes de temporada baja en Cuba así que la escasa afluencia de turistas se hacía notar. Nos llamó la atención que la mayoría de los extranjeros fuese de nacionalidad canadiense - Canadá es uno de los pocos países que sigue comerciando con Cuba-. El show fue bastante casero y malo, la verdad. Cuando terminó la actuación nos pedimos un daiquirí y nos sentamos a disfrutar de la noche. Transcurridos unos diez minutos empezó a cantar un tipo, contratado por el hotel, supongo, con voz de Tom Jones. La primera canción con que nos deleitó fue en castellano y, teniendo en cuenta que el público en su mayoría era de habla inglesa, no fue apreciada en su justa medida.
Cuando terminó de cantar los únicos aplausos que se escucharon fueron el de Peña y el mío con lo que el cantante se quedó con nuestras caras. Nos preguntó si éramos españolas, le dijimos que sí y a partir de ese momento, prácticamente, nos dedicó su concierto. Teníamos intención de ir a la discoteca para ver el ambiente y cómo mueven sus cuerpos exuberantes los cubanos, pero nos vimos en la obligación de quedarnos para apoyar a aquél cantante solitario de voz grave y entregado a la ardua tarea de entretener a un aforo poco animoso. El repertorio le duró una hora y, cuando terminó, nos dio las gracias. Lo pasamos bien. La discoteca cerraba a las doce y todavía tuvimos tiempo de acercarnos a echar un vistazo. Pasamos adentro, y como no había demasiada gente nos fuimos.

Primer contacto con la Habana y viaje a Cayo Coco

Sábado, 10 de septiembre de 2005. Nuestro primer contacto con la ciudad de la Habana y viaje a Cayo Coco.

Despertamos pronto después de un sueño reparador y bajamos a desayunar. El hotel Telégrafo tiene un salón restaurante muy acogedor. Tomamos café, algo de embutido y frutas. Necesitábamos algo energético para enfrentarnos a nuestro primer día en la Habana.

Como nos venían a recoger a eso de las 3:30 de la tarde disponíamos de toda la mañana para callejear por la Habana y establecer un primer contacto con la ciudad. Nos preparamos a conciencia: agua embotellada, gafas de sol, cámara de fotos, abanico... y salimos a la calle. Dos chicas españolas, solas y en la Habana: una tentación para cualquier habanero con intenciones, malas y buenas. No habíamos cruzado el Parque Central cuando ya se nos acercó un afrocubano de color, grandote, con una barriga prominente y unos dientes enmarcados en oro por su parte inferior a los que no quitábamos ojo, mi amiga y yo. Entabló conversación con nosotras rápido. Sólo con oírnos hablar nos preguntó si éramos españolas: de dónde, España ¿va bien?, ¿Qué tal Zapatero?... en fin, supongo que las mismas preguntas repetidas mil veces a todos los turistas de nacionalidad española. Peña y yo, siguiendo las recomendaciones previas a nuestro viaje, le consideramos como un cubano apto para guiarnos aquél primer día y de este modo no tener que sufrir el acoso de todos los habaneros. La Habana Vieja estaba llena de gente. Había mucho ambiente por las calles. Era sábado por la mañana y, por tanto, un día que los habaneros dedican a hacer sus compras o salir a hacer sus gestiones y ganar un poco de dinero extra para el fin de semana. Nuestro guía espontáneo se llamaba Juan Carrillo y para demostrarlo nos enseñó su tarjeta de identidad. Al principio nos resultó un tanto incómodo tener que dar conversación a una persona que no conoces de nada y que de antemano sabes que espera algo de ti (principalmente, dinero). Tratamos de adaptarnos a la situación y disfrutar de nuestro paseo matutino, con un calor de mil demonios, abanico en mano. Juan nos llevó por la calle Obispo, muy transitada siempre, pasamos por el hotel Ambos Mundos donde se hospedó Hemingway, fuimos a la Plaza de Armas, nos llevó a la Casa del Café por si queríamos comprar ron o tabaco... nos hizo un recorrido similar al que hicimos unos días después con el guía oficial de Havanatur. La necesidad obliga y se aprenden rápido el oficio de sacar "pasta" con mucha sutileza. Realmente parecía un guía de profesión. Nos llevaba a los sitios y saludaba a los porteros, a los dependientes de las tiendas, a los músicos, etc. Todo funciona por colegueo allí. En la Habana, el turista es el objetivo del habanero: te observan, te taladran con su mirada, te preguntan y todo con un único fin, sacarte cuanto más dinero, mejor. Todo se mide en pesos cubanos, hasta el aire que respiras.

Mi amiga y yo lo pasamos estupendamente en nuestro primer día en la Habana. Nos dejamos llevar y nos tomamos nuestro primer mojito en un sitio "fresco" donde tocaba un grupo musical. En Cuba la música te acompaña siempre, allá donde vayas. Es sorprendente su afición musical y sus ritmos: decididamente, lo llevan en la sangre. Juan nos contó que él era inspector de calidad en una fábrica de puros, trabajo que, según él, desempeñaba dos veces por semana. Las paradas para tomar un refresco eran absolutamente necesarias si tenemos en consideración el clima del país. Conversamos con Juan de nuestro país, de Cuba, de Fidel, de la situación de la isla, de sus limitaciones, etc. Después del refresco, nos fuimos a ver la Catedral, entramos en su interior, y seguimos callejeando. Hicimos unas cuantas fotos. Juan se apropió de mi cámara de fotos con su afán de caballerosidad y cada vez que quería tirar una foto tenía que pedírsela: una situación incómoda para mí que me encanta hacer fotos con total libertad a todo objetivo digno de fotografiar. Nos dirigimos al Centro de la Habana donde se encuentran el Capitolio, el Teatro Nacional, etc. y un policía nos paró, (La Habana está llena de policías para seguridad del turista). El policía le hizo unas cuantas preguntas a nuestro "amigo" y, posteriormente, se dirigió a nosotras para preguntarnos que de qué le conocíamos. Nosotras, previamente, fuimos informadas por Juan de que eso podría ocurrir y, bien aleccionadas por él, mentimos al policía diciéndole que era nuestra segunda visita a Cuba y que ya conocíamos a Juan. Luego me arrepentí de haber mentido. Creo que no fue necesario.

Se hacía imprescindible tomar algo de líquido de nuevo para recomponer nuestra hidratación. Le dijimos a Juan que queríamos tomarnos una cerveza y nos llevó al famoso barrio chino que de chino, ciertamente, tiene bien poco: sólo los letreros de los establecimientos. Lo que son mujeres y hombres chinos, no vimos ninguno. Juan nos comentó que los chinos que emigraron a Cuba (para trabajar en los campos de caña de azúcar) se habían mezclado desde antiguo con los cubanos y que ya toda la población era prácticamente cubana. Su explicación no nos convenció nada. Fuimos a un bar -aparentemente chino, pero que no lo era- donde había aire acondicionado y nos recuperamos un poco. Por supuesto, siempre invitábamos nosotras. Ya contábamos con ello. Y seguimos nuestro camino. Juan nos comentó que tenía una hija de catorce años y que estaba separado. Nos preguntó por los perfumes que llevábamos Peña y yo. No sé si querría vacilar con los amigos o qué, la cosa es que nos pidió que le echásemos un poco de nuestros respectivos perfumes y así lo hicimos. Hay muchas cosas todavía que se me escapan de los cubanos.

Nosotras teníamos que marcharnos al hotel porque venían a buscarnos y Juan aprovechó la ocasión para hacernos una encerrona. En un momento de nuestro paseo yo hice un comentario, casi de soslayo, de que tenía un amigo que quería puros, y ese comentario no se le fue de su cabeza a Juan en toda la mañana. Nos llevó como quien no quiere la cosa a la casa de un amigo, trabajador de una fábrica de puros -nos enseñó su carnet-, para que le comprásemos habanos. La casa era un habitáculo de proporciones minúsculas y estaba en unas condiciones lamentables. El amigo, muy amablemente, retiró las cosas que había encima de un camastro para que tomásemos asiento, pero Peña y yo ni siquiera hicimos el amago de sentarnos. El sitio, la verdad, no invitaba a quedarse. Salimos como pudimos de aquel lugar disculpándonos pero, por supuesto, sin aquellos puros ilegales. Como el negocio no le salió bien a nuestro "amigo" le cambió el gesto de la cara, lo que a nosotras nos pareció de muy mal gusto. Todo había cambiado y nosotras decidimos que era hora de regresar al hotel. Como Juan quería sacar pasta como fuese, a pesar de su intento frustrado con los puros, intentó llevarnos a un paladar, seguramente de un amigo suyo, también en el que, por supuesto, le tendríamos que haber invitado. Nos negamos y, muy amablemente, le dijimos que ni teníamos hambre ni tiempo para comer. Peña y yo ya estábamos deseando quitarnos el muerto de encima. Lo que empezó bien se estaba convirtiendo en un compromiso embarazoso. Tomamos un taxi y fuimos al hotel Telégrafo. Juan sin pedir permiso -para qué - se coló en nuestro hotel y cuando le dimos su dinero por hacernos de guía buscó una excusa y se marchó, no sin antes pedirnos que le enviáramos desde Madrid unos móviles viejos.

Cuando por fin nos quedamos solas, respiramos aliviadas. Comentamos la jugada y ya sólo pensábamos en nuestro viaje a la playa. Nos vinieron a recoger más o menos a la hora convenida los mismos cubanos de Havanatur que la noche anterior nos habían traído del aeropuerto al hotel: un hombre, blanco de unos cincuenta, con el pelo blanco y un toque atractivo además de simpático; y una mujer, de color, dicharachera y muy simpática también. Nuestra conversación de camino al aeropuerto giró en torno a cómo se consigue la ropa y el calzado en el mercado negro en la Habana y el precio de los mismos. Nosotras nos quedamos perplejas de las cifras que barajaban: cómo puede ser, me preguntaba yo, que con los sueldos que ganan (una media de diez pesos cubanos al mes) se pudieran comprar unas tenis -como ellos llaman a las zapatillas de deporte- por ochenta. Está claro que la igualdad es una ficción y que todos quieren más y si pueden tener más que el vecino, mejor que mejor. El dinero lo consiguen muchos de ellos con el trapicheo y el mercado negro. Los más afortunados, sin duda, los trabajadores del turismo, es decir, guías, chóferes, personal del hotel, etc. En el trayecto llovió un poco pero escampó enseguida.

De nuevo estábamos en el aeropuerto, un nuevo suplicio de esperas y tardanzas. En primer lugar, no encontramos a nadie en los mostradores para facturar nuestros equipajes y, en segundo, aunque todo parecía indicar que íbamos a salir en plazo, el avión se retrasaría unas tres horas. Llamamos a un teléfono de asistencia de Havanatur para dar cuenta de todas las incidencias. Nuestros problemas con la agencia habían empezado antes de salir de Madrid y desde que habíamos llegado a Cuba no dejaban de surgir imprevistos desconcertantes. Desgraciadamente no nos quedaba otra que tomárnoslo con resignación. Conseguimos facturar y cuando pasamos por el control de policía una mujer, bastante antipática, la verdad, nos cacheó. A mí me molestó bastante y levanté los brazos como si estuviese detenida en un estado policial, con tan mala suerte que el dispositivo de la alarma sonó con un pitido estridente: olvidé sacar de mis bolsillos una moneda de cincuenta centavos cubanos y, con cara de muy pocos amigos, la saqué y la deposité con un movimiento brusco en la mesa.

Hicimos tiempo viendo las tiendas del aeropuerto en la zona destinada a salidas nacionales y no vimos nada de interés en ellas. Todos los comercios, en general, te parecen bastante pobres en Cuba y más si vienes de un país europeo. Nos invitaron a una "minimerienda" en la cafetería como compensación al retraso del avión, que consistía en un refresco parecido a la coca-cola, que allí tiene el nombre comercial de Tu Kola, y unos bollos (y perdonen los cubanos por la utilización de esta palabra que para ellos tiene connotaciones sexuales, ya que es como vulgarmente llaman al aparato sexual femenino) con algo muy ligero de embutido en su interior. La merienda no era para tirar cohetes pero fue todo un detalle: pobres, pero dan de lo poco que tienen. No en todos los países se puede decir lo mismo.

Finalmente, anunciaron por los altavoces la salida de nuestro avión. Un avión de hélices, pequeño y viejo pero que volaba. El piloto, he de reconocer, manejó con destreza el aparato porque no notamos apenas ni el despegue ni el aterrizaje, y el viaje fue muy tranquilo. El interior del avión delataba que se trataba de una máquina con bastantes años. Peña y yo nos sentamos en los primeros asientos y cuál no sería nuestra sorpresa cuando una persona de la tripulación de a bordo se dirigió a nosotras, y nos comunicó que como estábamos sentadas en el lugar donde se ubicaba una de las dos salidas de emergencia del avión, debíamos leer las instrucciones con atención para que, en su caso, supiésemos cómo abrirla. Obedientemente hicimos caso a las órdenes recibidas y leímos atentamente el manual. Luego, con un poco de guasa, empezamos a especular sobre los accidentes aéreos para darle más morbillo a la cosa. El trayecto duró una hora y nos obsequiaron con una Tu Kola y una madalena rellena de mermelada de fresa. Nada de lo que ofrecen es muy apetecible pero al menos tienen el detalle: es algo que sorprende, sobre todo cuando piensas que ya apenas ninguna compañía aérea, nacional o internacional, da de comer en sus aviones.

Por fin llegamos a nuestro destino: Cayo Coco. Tardamos bien poco en recoger nuestras maletas: éramos pocos pasajeros. El día estaba predestinado a torcerse hasta el último momento así que cuando fuimos en busca de nuestro transfer para que nos llevase al hotel Tryp, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que allí no había nadie esperándonos. Y allí nos encontrábamos nosotras, en un aeropuerto solitario en medio de la nada, de noche, cansadas y sin saber qué hacer. El cabreo de las dos era ya monumental. Veíamos cómo los pasajeros del avión se montaban en un autobús y nosotras nos quedábamos solas. Dos señores conductores, uno de ellos taxista, nos preguntaron que adónde íbamos. Les dijimos los nombres del hotel y de nuestra agencia. Nos comentaron que allí no había nadie de Havanatur y que el aeropuerto lo iban a cerrar en breve, con lo cual nos aconsejaron tomar el taxi para el hotel, y así lo hicimos. Preguntamos al taxista cuánto nos iba a costar el trayecto y le pedimos que nos diese un justificante para poner nuestra oportuna reclamación a la agencia y exigirles el importe del trayecto.
La llegada al Cayo estuvo sembrada de dificultades pero intentamos relajarnos y continuar con nuestras vacaciones obviando, en la medida de lo posible, tantos inconvenientes. El hotel era fantástico y pudimos cenar algo, aunque no teníamos mucho apetito. Cuando estuvimos alojadas en la habitación nos dimos una ducha y salimos a la terraza a charlar un rato. Estábamos agotadas y pensamos en resolver nuestros problemas con la agencia al día siguiente, con más tranquilidad

El día de partida y llegada a la Habana.

Viernes, 9 de septiembre de 2005. El día de partida y llegada a la Habana.

El momento de la partida se acercaba y Peña y su cuñado, Tomás, vinieron a mi casa a eso de las 10:15 de la mañana a recogerme en coche para llevarme al aeropuerto de Barajas. El avión de la compañía Cubana de Aviación partiría a la 1.55 y por recomendación de la agencia, y garantía nuestra de no quedarnos en tierra, llegamos con tres horas de antelación al aeropuerto. Teníamos tiempo más que suficiente para facturar nuestros equipajes, pasar el control de aduanas, hacer unas compras en el duty free, tomar un café, pasear por las instalaciones del aeropuerto, comer, mirar las pantallas de salidas internacionales, asumir el retraso de una hora de nuestra partida y un sinfín de actividades que no desconocerán quienes estén habituados a viajar en avión: un medio de transporte que jamás me dejará de sorprender pero que conlleva una pérdida de tiempo increíble, aunque te lleve a miles de kilómetros en un "plas".

El viaje duró nueve horas largas en las que uno ya no sabe qué hacer, ni cómo sentarse, ni de qué hablar. Peña y yo mirábamos atónitas una pantalla en la que nos indicaban en inglés las distancia al punto de destino, la velocidad del avión, la temperatura en el exterior, la hora local en el destino, la hora local en el punto de partida, en fin, una serie de datos técnicos con los que nos hicimos un poco de lío al principio, pero que felizmente resolvimos pasadas unas horas llenándonos de tremenda satisfacción y que nos tuvieron entretenidas una buena parte del viaje. A nuestro lado se sentó un señor talludito ya, de unos cincuenta años, aproximadamente, del que mi amiga y yo especulamos que quizás iría a Cuba en busca de turismo sexual. El señor, natural de Ávila, nos comentó que ésta sería su tercera visita a Cuba y aunque le consideráramos un "turista sexual", nos pareció un buen hombre.

Una vez que llegamos al aeropuerto José Martí en la Habana, denominado así en honor a su héroe nacional, comenzó el calvario de la aduana: dos horas interminables de espera para mostrar nuestros pasaportes y visado al agente aduanero correspondiente. Había del orden de quince puestos de aduanas para revisar la documentación de entrada de viajeros al país, y cuando parecía que llegaba nuestro turno el agente de la taquilla se marchaba para desesperación nuestra porque a esa hora tocaba relevo, y la cola quedaba paralizada a la espera de un sustituto. Por fin, pasamos la aduana y nos dieron la oportuna bienvenida al país. Después de la aduana tocaba la espera de las maletas que no parecía tener fin. Las maletas se sucedían intermitentemente, ya todas me parecían iguales pero el hecho es que nunca llegaban las nuestras, hasta que por fortuna aparecieron en la cinta transportadora. Ya sólo quedaba cambiar nuestros euros por pesos convertibles: esa moneda híbrida y artificiosa, que se convierte en la primera línea de división entre el cubano y el extranjero. Con el dinero en nuestro poder ya sólo queríamos que nos llevasen a nuestro hotel en la Habana para darnos una ducha tonificadora y dormir. En España serían ya las cuatro de la madrugada y en Cuba eran sólo las diez de la noche. Nos dirigimos a un puesto de la agencia Havanatur, en el hall del aeropuerto, para que nos cambiaran nuestros vouchers y nos confirmaran nuestra salida al día siguiente a Cayo Coco. Y así fue: nos dijeron que en Cayo Coco iríamos al Hotel Tryp, que nuestro vuelo saldría a las 5:30 de la tarde y que nos pasarían a buscar por el hotel O´Farril a eso de las 3:30. Nosotras ya sólo soñábamos con nuestra camita del hotel pero nada es cómo parece hasta que llegas a la Habana.

La primera sensación brusca que se experimenta cuando traspasas las puertas del aeropuerto es el calor y la humedad sofocante de la isla. Cuesta bastante habituarse al clima, pero he de reconocer que el día de nuestra llegada el cansancio era más fuerte que todo lo demás. Nos montaron en un autobús pequeño con más viajeros, también españoles como nosotras, y el chófer fue dejando a cada uno en su hotel correspondiente. Cuando finalmente nos llevaron a nuestro hotel con encanto de la cadena Habaguanex, llamado O´Farril, surgió el siguiente imprevisto: el hotel estaba cerrado por problemas con el aire acondicionado y nos tenían que desviar a otro hotel, adónde, Dios mío, nos preguntábamos Peña y yo que no dábamos crédito a lo que nos estaba sucediendo. El chófer y la copiloto se pusieron en contacto con nuestra agencia y nos llevaron al hotel Telégrafo. La alternativa estuvo bien, porque el hotel nos gustó mucho y estaba situado en pleno centro de la Habana, frente al Parque Central y al lado del Capitolio. Cuando por fin llegamos a nuestra habitación deshicimos lo justo nuestras maletas, nos dimos una ducha y caímos rendidas en la cama.

Preludio de un viaje al Caribe...

Nada hacía predecir que nuestro viaje iba a depararnos tantos imprevistos y, sin embargo, los tuvimos. Ya el día antes de partir nos comunicaron de la agencia Havanatur que nuestra primera parada en Cayo Largo no iba a ser posible porque el hotel donde nos iban a alojar iba a ser remodelado y nos tenía que desviar o bien, a otro Cayo pero ya en el Atlántico (Cayo Largo está en el Mar Caribe), o bien, a Varadero. Nuestra intención era pasar un fin de semana en la playa, en un hotel con todo incluido, para relajarnos del estrés y disfrutar de unos días de sol y mar en un paraíso terrenal antes de unirnos a un circuito que nos iba a llevar por la mitad occidental de Cuba. Vacaciones son vacaciones y decidimos irnos a Cayo Coco siempre y cuando respetaran las condiciones pactadas en nuestro viaje inicial. Nos aseguraron que así sería aunque lo complicado era confirmar los vuelos interiores ya que para viajar al Cayo debíamos volar en avión (o algo parecido, ya que los aparatos son ciertamente viejos y vuelan porque son cubanos, nada es imposible en esta isla).

Antes de poner rumbo a Cuba ya nos habían asesorado muchos amigos, familiares y conocidos que habían viajado al país de lo que nos íbamos a encontrar al llegar allí. Yo, personalmente, reconozco que tanta información de experiencias ajenas me saturó un poco y tenía ganas de vivir la mía propia. Haciendo caso omiso de las advertencias preparamos un botiquín - que ni la Cruz Roja - para combatir cualquier corte, mosquito, herida, o dolor al alcance de nuestras posibilidades. Tengo que decir que gracias a Dios no fue necesario su utilización: sólo el repelente de mosquitos y poco. Nos habíamos preparado como si fuésemos a concursar en "Supervivientes": fármacos, linternas, chubasqueros, etc. Asimismo nos hablaron de las dificultades por las que atraviesa el pueblo cubano y cómo, siendo el turismo una de las fuentes que reporta mayores ingresos a Cuba, el turista era considerado casi como un semidios.